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Seison de la Vega

León - Castilla y León

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Las faenas de mi infancia

Las faenas de mi infancia

Vamos a situarnos en un día de verano de 1956. Yo sumaba ya nueve años, acudía a la escuela de doña Felisa que, por mis conocimientos, me había colocado en el grupo de los mayores. España ya había ingresado en la ONU, pero de eso me enteraría bastante más tarde. En el pueblo aún no teníamos televisión que no hacía mucho había llegado a Madrid y muy pocos vecinos contaban con un aparato de radio. Un arradio decíamos casi todos, lo mismo que decíamos el amoto o el sartén. El género de los nombres era algo muy personal. La maestra se encargaba de corregir nuestros errores gramaticales y si decíamos emburriar, engarriar o mancar (en lugar de empujar, trepar o hacerse daño) nos llamaba castizos. Yo lo tomaba como un insulto pues no sabía a qué quería referirse este casticismo. Esta corrección y luego el influjo del castellano hablado en los medios de comunicación iban a contribuir a exterminar paulatinamente las reliquias del antiguo dialecto leonés hablado en la Ribera del Órbigo que sería objeto de alguna tesis de licenciatura o doctoral. Los vocablos que aún pervivían como reliquias del bable se referían mayormente a los aperos o aperios de labranza. Con la moderna mecanización del campo propiciada por las diferentes concentraciones parcelarias desaparecerían la tiva, la mullidora, el sobeo el sobeyuelo, las cabías, las mullidas, las pernillas, los cañizos o las costanas de los carros y un largo etcétera de aperios agrícolas. Los tractores son más globalizados, je, je, je&
Otro día hablaré de las faenas comunitarias como las marrizas o barrizas para limpiar la presa de riego o los regueros Villar, Matilla y Moro. Por hoy ya he aguarentado (apacentado) bien el reguero de la memoria.
ALFONSO

martes, 24 de agosto de 2010 a las 11:36

 

MAS CURIOSIDADES

MAS CURIOSIDADES

Despues de leer los comentarios que aquí aparecen, los recuerdos de mi infancia surgen a borbotones y piden más. Animo a todos a seguir enviando anécdotas, curiosidades y todo tipo de comentarios de nuestro pueblo, sus costumbres y por supuesto sus habitantes; los actuales y los que ya salimos, pero que no por ello hemos olvidado los orígenes y que, cuando es posible, alli retornamos a dar una vuelta hasta el pozo forno, las eras altas, el caño y la ermita y que para nosotros es casi como si estuvieramos viendo el Danubio, La Pampa Argentina, La Fontana de Trevi o Notre Dame.
Un abrazo a todos

domingo, 28 de febrero de 2010 a las 20:10

 

UNA BODA DE 1955 EN SEISON

UNA BODA DE 1955 EN SEISON

Aquellas bodas de antaño duraban tres días y bien podían compararse a las de Camacho que salen en el Quijote
Todo empezaba con la lectura de los proclamos o amonestaciones en la iglesia de San Román el Antiguo tres domingos antes de la ceremonia. Se decía que Fulanito y Menganita habían salido novios.
Los mozos enganchaban el caballo al carro, iban a un pajar por la noche y lo cargaban con paja. Luego la derramaban por el camino haciendo un sendero que enlazaba las casas de ambos novios, pues solían ser los dos del pueblo o, como mucho, de otro pueblo del ayuntamiento o de la feligresía. Cuando el domingo íbamos a misa, veíamos el sendero y era una forma de comunicarnos el feliz acontecimiento.
La boda se hacía en la casa de la novia. Dependiendo de los posibles de los padres de los novios, se mataba una ternera, unos corderos o pollos de corral. No abundaba el pescado que se dejaba para los días de vigilia de la cuaresma y nadie sabía,entonces, qué eran los langostinos u otros mariscos. Solía contratarse una cocinera y un dulzainero de la Maragatería. Las vísperas, los padres iban a las casas de los familiares para buscar mesas y sillas. Algunas bodas llegaban a los cincuenta invitados dependiendo del número de familiares o amigos. Como las bodas solían celebrarse en invierno porque había menos faenas en el campo, los invitados se repartían por tres o cuatro estancias: comedor, panera, corral techado para los mozos y la cocina para los pequeños.La misa siempre era por la mañana, antes de las doce. Los novios acudían por separado, cada uno con sus padres. La novia vestía de negro, un vestido corto con algún tocado blanco y un sencillo ramo. El novio, en cambio prefería un traje gris o azul marino que dejaba una inconfundible estela de alcanfor.
A la salida de misa, entre el estruendo de los cohetes y la música de la dulzaina y el tamboril, los asistentes se dirigían a casa de la novia donde eran agasajados con pastas, vinos y licores. Después, los invitados se disponían a comer durante varias horas. Recuerdo, en alguna de las pocas bodas a las que asistí en mi infancia, las interminables sobremesas, las chanzas, los chascarrillos y dardos a los padrinos, familiares y novios. Y aquellos epitalamios: Por debajo de la mesa se menea no sé qué, son el novio y la novia que se tocan con el pie. Vivan y revivan los señores novios, padrino y madrina y vivamos todos.
Por la noche, en algunas bodas, se cogía al novio por sorpresa y se le ataba durante unos interminables momentos a un poste, impidiendo que pudiera asistir a complacer a la novia
Y el día siguiente, más de lo mismo. Los mozos corrían la rosca compitiendo con el novio, que con la resaca de la noche de bodas, cuitadín mío, casi siempre perdía.
Ahora ya no existen estas bodas porque todo se ha globalizado, imitando a las bodas de la tele y, especialmente, porque ya no hay jóvenes en el pueblo que puedan celebrarlas.

miércoles, 30 de diciembre de 2009 a las 12:03

 

LA HOGUERA DE SAN ANTONIO

LA HOGUERA DE SAN ANTONIO

Cada pueblo tiene sus tradiciones; algunos, hasta sus leyendas. No sé cuándo se fundó Seisón. Existen documentos del siglo XVI. Basta con admirar la estatua de madera que el santo patrón de los animales tiene presidiendo el retablo de la ermita. En su pedestal figura una fecha cercana a la batalla de Lepanto. En el siglo XVI, también, se levantó la iglesia parroquial de San Román el Antiguo, patrón de la feligresía a la que Seisón pertenece.
Siguiendo los regueros de la memoria, me remonto a los años cincuenta del siglo pasado. Yo era un niño de ocho años y vivía en la casa de los abuelos, justo en frente de la ermita de San Antonio. Era costumbre, en aquel entonces, agasajar a los casados en su santo o cumpleaños encendiendo una hoguera ante las puertas de su casa. El vecino festejado cumplía con los jóvenes invitándolos a vino, pastas u otros alimentos según sus posibilidades o carácter más o menos rumboso. Cada 16 de enero, los mozos del pueblo, que entonces eran bastantes y podían formar, cómodamente, un equipo de fútbol, apilaban leños de chopo , de negrillo o de aliso ante las puertas de la ermita y prendían una hoguera enorme cuyas llamas se erigían hasta la espadaña donde la esquila tocaba a fiesta. Por la fecha, podía haber temperaturas bajo cero y la hoguera ponía mucho más calor a la cordialidad.
Desde la ventana de mi dormitorio, oía a los mozos cantar y gritar hasta altas horas de la noche. En su hornacina, San Antonio sonreiría satisfecho con estas felicitaciones sobre el humo de las velas que le ofrendaban los devotos para que protegiera a sus animales.

jueves, 24 de diciembre de 2009 a las 13:09

 

EL BRUJO DE SEISÓN

EL BRUJO DE SEISÓN

Como ya he dicho anteriormente, Seisón es muy pequeño. No llega a la categoría de pueblo; es una aldea. Tampoco es cierto que su nombre venga del dicho "Seisón, seis casas son". Pero en los fríos y míseros años cincuenta, su fama trascendía los límites de la provincia. Cuando mis padres me mandaron a estudiar a un internado de Salamanca,un cura me preguntó por el nombre de mi pueblo. Al responderle que yo era de Seisón, contestó: "Hombre, eres de Seisón, el pueblo del brujo..."
El brujo se llamaba Jacinto. No llegué a conocerlo porque murió pocos años de que yo viera el amanecer sobre las "arribas" y la puesta de sol a lomos del Teleno. Se contaban muchas anécdotas del Brujo. Mi abuelo, maestro, no creía en sus artes y decía que comerciaba con la ingenuidad de los pacientes, aunque Jacinto no cobraba por sus servicios y se conformaba con la volutad de los peregrinos... Digo peregrinos porque,en aquel entonces,había mucha animación en el pueblo: reatas de caballerías atadas en el quiñón de chopos junto a la casa del Sabio, como también se le llamaba, hasta "haigas" y "coches de punto" en los años en que no se había inventado aún el seiscientos. Venían de Madrid. Mi tío Santos,que era muy guasón, me contó que un atardecer lo vio desnudo en el pajar conjurando la ayuda de las Ánimas. Mi padre también me contó que un día llegaron dos paisanos de fuera a la consulta. Debían esperar pues había cola. Decidieron merendar antes y uno le dijo al otro que así se librarían de compartir el almuerzo con el brujo. Cuando le tocó el turno, el mi Jacinto les dijo muy templado que no los iba a atender porque no se fiaban de él y temían que les iba a quitar la merienda. Los dos viajeros se miraron sorprendidos por los poderes adivinatorios del Brujo y tuvieron que ir con el rabo entre las piernas. Hoy ya no queda ningún heredero de su sabiduría. Los hijos que ha dejado son personas normales.

martes, 22 de diciembre de 2009 a las 10:08

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