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Manolo

Manolo

Hoy día ocho de diciembre se celebran las fiestas de Talará. Fiestas entrañables. Pegadas a sus tradiciones y en las fechas de siempre. Con mucho frío y todos los vecinos en la calle. La Patrona de Talará es la Purisima y y el Patrón el Santo Cristo del Zapato.

Por primera vez, las fiestas se han abierto con un pregón. Os adjunto el texto por si es de interés:


PREGON

Talareños. Ya arrecia el frio. Ya la rinconada está cubierta de nieve. El viento de la sierra derriba con fuerza las hojas de los árboles y hace que las pellizas y los abrigos salgan de los armarios. Las naranjas colorean y el aire se enriquece con un apacible olor a chimenea y pestiños. Y lo más importante de todo, Isauro, mi amigo Isauro, empieza a dar vueltas por las calles de Talará. Todo esto anuncia algo maravilloso: ¡¡COMIENZAN LAS FIESTAS DE TALARA!! Fiestas que yo hoy tengo el honor de pregonar y que el que debería hacerlo por méritos propios es Isauro, el talareño más talareño que conozco.
Si algo caracteriza las fiestas de este nuestro pueblo es el frío. Ese frío intenso que se cuela por las orejas cuando todos los talareños y amigos de otros pueblos vamos por la noche en procesión detrás de nuestra Inmaculada y nuestro Santo Cristo del Zapato. Eso pasa porque Talará es un pueblo castizo. Fiel a sus orígenes y a sus tradiciones. Mientras otros muchos pueblos cambiaron sus fiestas al verano nosotros seguimos aquí en invierno, porque el día ocho de diciembre es el día de nuestra fiesta. El día de la Purísima y según cuentan los mayores del lugar, La Purísima quiso que continuaran en estas gélidas fechas porque una vez las cambiaron al verano y hay quien asegura que nevó. Por eso el día ocho de diciembre es el día más grande de Talará. Porque Talará es grande, muy grande, aunque cuando yo era chico sólo tuviera dos calles. Estaba la carretera y la otra calle. Calle la mitad de larga que la carretera a la que a la pobre nadie llamaba por su nombre: Calle Puentezuelas. Nunca me pregunté por qué todos la llamábamos la otra calle, hasta que con los años descubrí que en mi pueblo sólo había dos calles, porque las otras: calles de chite y Mondujar casi no eran calles por lo pequeñas que eran. Y los barrios de las Eras y de la Cañota, estaban lejos, bastante lejos. Eso era Talará, la Carretera y La otra calle. Calle que debería reivindicar su nombre popular como nombre oficial.
Pero a pesar de sus dos calles Talará es grande y tenemos que estar orgullosos de este pueblo. De chico yo veía a nuestros vecinos, Mondujar y chite con sus iglesias mudéjares. A Beznar con sus mosqueteros y sus trabucos. A Durcal, tan señorial ella. Y tengo que reconocer que me daba envidia. Además cuando fui al colegio y decía que era de Talará, todos sonreían y siempre, siempre decían: El pueblo de la música y yo, entre rabia y vergüenza me callaba y sonreía también. Hoy, para mí, este sentimiento ha cambiado. Como digo, somos un pueblo grande. Somos un pueblo con historia. Miles y miles de años nos avalan en esta tierra. Miles de años hace que hay talareños en Talará aunque no sepamos cómo vivían ni como se llamaban. En lo que hoy es Talará se han encontrado restos paleolíticos. Me consta fehacientemente que algún hacha de piedra se ha encontrado por estos lares. Hay restos romanos. Y de los restos árabes ni voy a hablar. El Macabe, el cementerio de los currantes árabes, apareció no hace mucho por aquí. Todos estos restos están ahí y seguirán apareciendo otros. Por eso Talará es un pueblo grande.
Tengo que confesar que a mí siempre me preocupó el origen de este nombre. Talará sonaba raro. Un poco a cachondeo. Un día cayó en mis manos el libro de D. Luis de Mármol Carvajal, Rebelión y castigo de los moriscos. Libro difícil de leer donde los haya. En el libro, este señor, cuenta en primera persona, porque participó en ella, la guerra de 1568 en la que los moriscos de la Alpujarra y del Valle de Lecrín se sublevaron por los reiterados incumplimientos de las capitulaciones por parte de los reyes de España. En este libro se describe con profundo detalle los lugares de los distintos escenarios de la guerra. Cual no fue mi sorpresa cuando en el capítulo XXXI pasa a describir el valle de Lecrín. Hace más de cuatrocientos años ya existían los mismos pueblos que hoy y con sus mismos nombres. Sólo uno había cambiado el nombre. Harat Halarabat. Para los cristianos que llegamos a estas tierras debía ser difícil pronunciarlo y lo hicimos más sencillo: TALARA.
Estoy orgulloso de este pueblo y de este nombre. Hace tiempo, buscando cosas en internet, descubrí, ¡OOh sorpresa! Que hay una provincia en Perú con nuestro mismo nombre. La provincia de Talará. Provincia extensa y rica en petróleo, con playas al Pacífico, pero desconocedora de sus raíces. Hay que decirles a estos peruanos, porque creo que no lo saben, que el nombre de su provincia y de su ciudad significa Barrio Arabe. Y no sólo existe esta región con este nombre, existe también la ermita de Castilleja de Talhará. Bien es cierto que con h intercalada, pero Talará al fin y al cabo. Esta ermita es un monumento religioso fechada en el siglo XIV, que se encuentra en la localidad de Benacazón en la provincia de Sevilla, situada en el despoblado Castilleja de Talhara.
Como vemos nuestro nombre es importante. Un nombre que alguien con mucho orgullo llevó al otro lado del Atlántico para instaurarlo en tierras americanas y una ciudad, Talará del Perú, que cuenta como una de sus más importantes parroquias la de la Purísima. ¿Será casualidad?
Esta Purísima y este Santo Cristo del Zapato tan propios nuestros y tan queridos por los Talareños. Pero no sólo los talareños queremos a la Purísima, también la Purísima quiere a los talareños y que a mí me conste más de un milagro ha obrado en su ayuda. Yo viví uno de esos milagros. Siendo yo un crío, muy crío, asistía como monaguillo al cura párroco de aquel tiempo, creo que se llamaba D. Antonio. Por entonces los fuegos artificiales se tiraban en la plaza. La virgen en la plaza, el cura y los monaguillos delante (yo incluso con el calderillo del agua bendita y vestido con mi sotana) los fuegos subiendo al cielo y la plaza a reventar de gente. En esto que un camión sin frenos aparece lanzado por la curva del ventorrillo Garví. El conductor al percibir que no había por donde pasar en la plaza se arrimó al lado derecho de la carretera empotrando el camión contra las casas y lo que podía haber sido una matanza, de este monaguillo incluido, sólo terminó en un susto. Aquel día todos pensamos que la virgen nos había librado y todos sin excepción dimos gracias a la Purísima.
La verdad es que aquellos eran otros tiempos. Tiempos tranquilos. Tiempos pobres, pero apacibles. El mundo iba más despacio. Apenas había coches y los que había iban muy lentos. No hace mucho mi cuñada Mari me leía una carta que le escribí desde Francia en la que le decía: me he subido en un coche que corre más de 120Km. Talará era Tranquila, como los tiempos. En aquella época la escuela estaba donde hoy tenemos el ayuntamiento y los niños jugábamos al futbol en la carretera, la única que había. Si se le ocurría aparecer a algún coche alguien gritaba: ¡que viene un coche!, retirábamos las piedras que servían de portería, el coche pasaba y nosotros seguíamos jugando. Recuerdo los personajes entrañables de entonces. Estaban allí. El tío de los helados, al que yo siempre pedía dos de dos reales hasta que me demostró, diciéndome tonto, que su contenido era menos que uno de peseta. El hombre de los garbanzos tostados, del que yo siempre pensaba que estaba mal de la cabeza, porque le dabas un tazón de garbanzos crudos y él te daba uno de tostados. No lo entendía. El de las tortas y bollos que traía unas cuñas de chocolate fantásticas y que nunca más he vuelto a probar tan buenas. Eran personajes del paisaje, pero luego estaban los personajes del pueblo. Personajes de toda la vida. Los primeros maestros que conocí: D. Jesús y Dª Aurora con los que muchos aprendimos los primeros números y las primeras letras. Personas queridas y que los días de la primera comunión preparaban las escuelas (había dos: la de los niños y la de las niñas) como nadie para que los niños vestidos de blanco como el armiño, pudieran celebrar su comunión comiendo un chocolate con bollos de aceite. Recordad como terminaba el traje después de esa chocolatada. Recuerdo a D. Enrique, el boticario, al que cuando llegó la televisión, todas las noches se le metía en el salón de su casa un zalabal de críos. ¡Qué paciencia tuvo, Dios mío!. Recuerdo a Pepe Sanchez, sobre todo por su nombre. ¿Quién no aprendió a nadar en la alberca de Pepe Sanchez?. Recuerdo a Pepico el del cine, que el hombre, cuando ya la película llevaba un rato, nos dejaba pasar a todos los críos que esperábamos en la puerta.
Eran tiempos pobres, pero precisamente por esa pobreza la fiesta se vivía con una gran intensidad. Las fiestas, cuando se podía, se preparaban con esmero. Se hacían las magdalenas, los pestiños y los roscos. Y el mejor gallo del corral tenía las horas contadas. Aunque no siempre se podía. Como cuenta mi tío Miguel algún año se tuvieron que suspender las fiestas y cuando los parientes, que vivían en la ciudad, llegaron para celebrar la fiesta, el abuelo les espetó: Donde vais, si no hay función. ¿Venís a comeros la inclusa santa y a echar al viejo de la cama? Afortunadamente los tiempos han cambiado. Nos hemos hecho ricos y la necesidad ya no obliga. Han cambiado muchas cosas, pero hay una que permanece y que es típica de estas tierras. Las fiestas no son cosa del Ayuntamiento. Las fiestas las prepara el pueblo. Son los mayordomos, agrupados por barrios, los que con su entrega y dedicación hacen posible año tras año que estas fiestas se celebren. Hubo un tiempo en que las fiestas estuvieron a punto de desaparecer. No había candidatos a mayordomos. Entonces, D. José, el párroco de Talará, decidió que cada año fuera un barrio distinto el que preparara las fiestas. Decisión acertada. Dicen que la competencia estimula el quehacer bien hecho y eso pasó con las fiestas. Cada barrio y cada calle competía con la del año anterior para ver quien lo hacía mejor. De esta forma, esta institución de los mayordomos funciona a la perfección.
Gracias mayordomos por vuestra entrega y dedicación. A los de este año y a los de todos los años. Entre todos hacéis posible que estas fiestas tan queridas continúen. Gracias por vuestra imaginación para conseguir el dinero que hace falta. Gracias por las horas que dedicáis a pedir. A preparar las rifas. A la venta de lotería. Gracias por esas chuletadas y esas gigantes paellas. Gracias por las cucañas y por las carreras de cintas. Gracias por las mayorettes, tan muertas de frío siempre. Por la música que nos despierta con sus pasos dobles y sus marchas matutinas. Gracias por la cantidad de cohetes que estallan en el cielo de Talará. Gracias mayordomos.
Y gracias a vosotros, mayordomos de este año, por pensar en mí para pregonar estas fiestas. Sin duda os digo, que ha sido una de las mayores satisfacciones que he tenido en mi vida. Porque la más grande que he tenido es ser hijo de quien soy: Paco y Amalia. Las personas que más quiero junto con mis hijos.
Autoridades, mayordomos, TALAREÑOS: a disfrutad de las fiestas.
Viva La purísima.



lunes, 08 de diciembre de 2008 a las 12:26
Enviado por
Manolo

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